
“Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas,
que nada habría después; que no se podría encontrar nada
al otro lado … Pero sí, hay algo.” , de Juan Rulfo (del cuento
“Nos han dado la tierra”, de “El Llano en llamas”).
El Sol asomaba en la mañana, de ese día cristalino. Ese invierno raro, de temperaturas locas, que tenía y tiene acostumbrados a los habitantes de Buenos Aires.
Ese día, temprano, la gente salía de sus casas tapadas hasta el ojo. Y al regresar, por la tarde, los sacos, camperas, bufandas y guantes colgaban, en los brazos, como bultos de Equeco.
Como siempre (o casi siempre) muy poca gente había escuchado el alerta meteorológico. Menos aún, le dieron importancia.
¿Que importancia podía tener en la gente preocupada, de sus trabajos, de sus hijos, de sus deudas, de los resultados futbolísticos, de sus problemas generales?. ¿Que importancia podía tener, en la gente, que un frente de tormenta, de aire polar, proveniente del sector Sur-Sureste se acercara velozmente al encuentro, de otro frente, de similar magnitud, de aire cálido, proveniente del sector Nor-Noreste?.
¿Joaquín tiene estos problemas?. Quizás más, no sabemos.
Sabemos que caminaba por Plaza Italia, con cierto rumbo indefinido. Mientras la gente se empujaba, por ganar una baldosa, él se fue acercando al Jardín Botánico.
Y el cielo oscureció.
Si alguien contempló el pasto, habrá advertido la ausencia de hormigas. La tormenta estaba próxima y Joaquín se sentó, en un solitario banco, de madera verde, en un claro (ahora oscuro) del Botánico.
Buenos aires tembló, con el primer trueno.
Y los pájaros volaron, a sus nidos, y las luces, de las farolas, se encendieron y los automóviles tocaban estridentes bocinas y de las bocas, de los chicos, salían sustos guturales. Y sus madres salían del Zoológico, tapándolos de la lluvia. Y la soledad sentada, a los costados de aquel banco.
Y mi Señor vio que esto no era bueno. Y llamó a uno de sus Ángeles. Y el Ángel se acercó sin pronunciar palabra alguna. Sabía su destino. Ese destino que los Ángeles extrañan felizmente, durante toda su eternidad.
Y el Ángel fue a cumplir su destino sin despedidas, sin mirar hacia atrás. Mientras las fuerzas eléctricas se encontraban, en las alturas, formando un rayo.
Y Joaquín sentado. Mientras miraba el mar inverso que lo ahogaba, sobre su cabeza, no advertía que Ángel y rayo jugaban carreras, en caída libre.
Nunca sabremos el tiempo exacto que duro esto. Poco le importa al lector que, si hilvana lo antedicho, sabrá el desenlace.
Puedo, sin embargo, develar lo ocurrido, a los menos sagaces.
Y sin que suene a sueño utópico, puedo afirmarte que el Ángel llegó primero y abrazó a Joaquín, cubriéndolo, con sus alas de plata. Y el Ángel recibió la furia del rayo.
Y desde esa tarde andan juntos bajo el sol y las estrellas de Buenos Aires. Él y su Ángel Eléctrico.
Así termina esta historia.
Mi Señor y yo contemplamos la escena, con una áurea sonrisa. Me miro y me dijo “vamos … hay que seguir trabajando”.


